sábado, 2 de noviembre de 2013

Memorias pineras: Cuando llega el invierno



   (Vea amplio fotorreportaje al final del artículo)
   La ciudad no se resiste al adormecimiento institucional, a la falta de opciones culturales y recreativas para su población.

   A mis recuerdos traigo aquellas tardes frías, en ocasiones grises y melancólicas, donde el aburrimiento se apoderaba de muchos y salíamos a calle 39.
   El sitio escogido era frente al complejo Rumbos, lo mismo en la acera, la calle o sentados en sus portales.
   Las fotos que acompañan este artículo fueron el motivo inspirador.
   Captadas en el invierno de Dos Mil Ocho allá en la ciudad de Nueva Gerona, son parte hoy de la memoria histórica del territorio de la Isla de la Juventud.
   Los pineros no imaginaban aún que en esa calle, la principal arteria de la ciudad, sería convertida en un hermoso bulevar o paseo.
   Y ahí quedan para los recuerdos los rostros de jóvenes de mi ciudad natal.
   Rostros que ya no están, otros que se mantienen aferrados a la esperanza de un despertar de las opciones culturales, caras conocidas o no, amigos, parejas, familia.
   Una calle que ya no existe, donde el va siendo historia el asfalto y luce hoy la variedad de colores, matices, mármoles, formas que dan vida y muestran pasajes de la historia de la localidad.
   Una calle que fue escenario de los paseos de los Carnavales de Isla de Pinos y posteriormente del Festival de la Toronja. 
   Calle de doble sentido vehicular que entorpecía la marcha peatonal.
   A mi mente vienen aquellas maratónicas competencias del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER), o las carreras entre atrevidos chicos en sus motos, con la novia o amiga agarradas a sus espaldas, demostrando su valentía en peripecias que pudieron costarles la vida.
   La vida hoy transcurre apacible en Nueva Gerona.      
      Si durante el verano los días y noches en la Isla todavía no logran complacer todos los gustos, imagino regrese en invierno las noches que siempre nos han caracterizado, aburridas y faltas de vida.
    Calle 39 que han caminado miles de habitantes de todo el país, miles de estudiantes extranjeros de más de treinta países, o cientos de turistas.
   Por ella he visto pasar niños, transformados en jóvenes,  adultos, rostros que conozco hace años pero ni siquiera sé sus nombres y dónde viven.
   La calle 39, la más céntrica de la Isla, la que todos caminamos no se sabe cuántas veces en nuestras vidas.
   Anécdotas tendremos por montones, recuerdos de sucesos buenos o malos, donde la ciudad se viste de gala, de estudio, de trabajo.
    Una calle en transformación, solo en apariencia, porque le falta alma, entrega, sentido de pertenencia, pasión, amor.        En uno de los fotorreportajes publicados en  este blog y dedicados al naciente Bulevar pinero o Paseo Martí, me referí a la carencia de lugares donde pasar un rato en familia o entre amigos.
   Sin caer en comparaciones ponía ejemplo a otros bulevares en varias provincias cubanas, donde en cada cuadra la población encuentra una variedad de opciones.
   Lo mismo una casa del té, un rincón del bolero, la casa del rap, de la trova, la peña del rock, el patio del son, en fin, hay para todos los gustos, y que no se diga que la otrora calle 39, hoy Paseo Martí, carece de sitios donde crear esas condiciones, o del capital humano para ello.
   La Isla fue siempre referente de variedad cultural, de artistas aficionados o profesionales del canto y de la música, del baile y del teatro, de oportunidades de superación profesional en los más disímiles campos de la vida.
   Es triste volver un año más con la llegada del invierno a la pasividad en los responsables de lograr opciones diferentes, que no solo se enmarquen en la discoteca Rumbos o en el área de La Mecánica.
   Soy del criterio que en la mente de mis coterráneos existen ideas inteligentes que cambien el entorno cultural y recreativo de la Isla, no creo se carezca de sueños por convertir en realidad y los años van pasando, la niñez y la juventud creciendo y no se educan en sanos esparcimientos que les pueda ofrecer las áreas estatales.
   Esas tardes de sábado y domingo, las que llegan a mi mente en mi entrañable islita del Caribe, quisiera no se conviertan en monotonía, en sentarse a conversar con una botella de ron al lado, en perder el tiempo libre.
   Mi gente prefiere quedarse en casa, frente al televisor y el equipo DVD, o frente a una computadora, y embrutecerse.
   Ojalá regrese a mi islita y encuentre esos rostros, esas caras, no de pie en una esquina del bulevar, sin saber dónde ir y qué hacer, sino alimentando el alma y el cuerpo en algo útil e inteligente, en algo que enriquezca su intelecto, su cultura, su educación.
   Solo así no se repetirán imágenes como esta, cuando llega el invierno.