jueves, 30 de octubre de 2014

La Isla, Marilyn pinera, y una botella al mar

Por arte de libro en Feria me vi de pronto en la Isla; en la otra nuestra, la de la Juventud, o de Pinos (lo cual haría coherente el gentilicio Pineros) o De las Cotorras, o de Los Piratas, o Del tesoro, o De los 500 asesinatos (como la definió Pablo de la Torriente Brau, por el Presidio Modelo) o Reina Amalia, como primeramente le llamara Colón. 
Isla que se recompone aun de golpes arrasadores que vienen al compás del trío Matamoros “Cada vez que me acuerdo del ciclón, se me enferma el corazón”. Y quien quita que en el fondo espiritual de muchos pobladores esté latiendo, innombrable, una nueva manera de definirla: La Isla de los ciclones.
La vegetación ha recobrado en buena parte su belleza, aun quedan techos pendientes; el boulevard de su calle José Martí, va en proceso acelerado de re-construcción, con toda la majestuosidad y acento pinero que dan sus ladrillos, tejas, cerámicas y mármoles típicos. 
La gente hospitalaria, siempre dispuesta a compartir un guachi “baja muertos” y mucha charla, como seres sedientos de noticias, y desde el orgullo —no sin la queja penante, de ser parte de una isla dentro de otra isla. 
En esos arremolinados días (cuatro tan intensos como todo un año) me vi de pronto ante un buen signo, La UNEAC estrenaba su vieja casona hecha nueva, mejor aprovechada, más útil, deslumbrantemente hermosa. 
Su galería mostraba un mosaico de obras interesantes dentro de la cual un personaje me sacudió: un viejito patilludo, con su boina de antiguas batallas, venía hacia mí, apoyado en su bastón, y su jaba de hacer mandados, como a punto de cruzar una esquina, mirándome —más bien interrogándome—, desde su mundo en blanco y negro, de pocas luces, las suficientes casi para siluetearlo. 
Me asomé, —interesado—, al rótulo de la obra, pero el nombre de su autor me era desconocido. Saliendo de allí, un piquete de entrañables herejes, escritores, poetas, periodistas del terruño, me arrastraron calle abajo hasta una casa como embrujada, a la que se sube por escaleras sin barandas, de enredaderas y plantas variopintas, como único sostén (físico y visual) que no logra ocultar su falta de maquillaje. Su anfitrión un ser ciclónico, que te arrasa con un cariño inmediato, agresivo, que te juzga como un manotazo de principios y exige que definas tu bando: el de los indiferentes (por lo cual quedas excluido automáticamente) o el de los que sufren, sueñan, desafían, asumen cada problema humano —desde la uña del ser que te roza el hombro, hasta una simple contrariedad en el semejante más lejano en el planeta—, o sea, su bando, el bando de Jaime Prendes.
Las fotos, estallan por todos lados en esa pequeña sala-cuarto de estudio, arremolinando el tiempo de esa isla; los amigos reales, que compartían canciones y versos se empezaron a confabular con fantasmas que emergían desde obras diversas debatiendo el país, el universo, los días y las noches, entre el espanto y la ternura. “Drume negrita” la belleza africana, sudada, introspectiva, reza en mi alma desde el otro lado de una vela; “Juventud Rebelde” es un jinete audaz que desafía al mar, acaso al horizonte denso, encapotado, en su brioso caballo a punto de vuelo;  “El último hombre” como un Robinson en su mínima isla, una cámara, flota en su soledad, como meditando, sin irse ni venir, quien quita que preguntándose si es en realidad el hombre final o el primero de otra era. Y en rojo y negro “Conquistando el futuro” la Marilyn pinera, la ingenuidad risueña de la Monroe vestida de pionera, con la boina de octubre de amuleto. No me canso de mirarla, de hacer lecturas y lecturas, que van a dar a tantos parajes remotos y cercanos; algo que solo ocurre con las grandes obras.
Ahora pienso que aquel viejito que estaba de mandados, a punto de cruzar una esquina, en blanco y negro, cambió su destino al ver que no reconocía la firma de su creador en el rótulo. Me hizo un guiño para que atravesara los límites de la realidad, y arribara al mundo de colores y tonos, de quien lo había inmortalizado; alguien que se expresa mediante los personajes de su tierra, y la define y recrea, con mirada turbulenta, sufrida, amada. Jaime Prendes tiene amasado un universo espiritual en el que se funden su vida y sus imágenes, universo que ha lanzado al mar en una botella, para que viajen de su isla a su otra isla, (la que puede asemejarse a un caimán o un planeta), enviando su grito de dolor y esperanza.
El Diablo Ilustrado