martes, 18 de noviembre de 2014

Amor incondicional

   Desconozco su nombre y dónde vive.
La vi sentada en la terminal de ómnibus de mi ciudad natal, Nueva Gerona, y no dudé en captar su rostro para mi blog.
Si sus ojos hubiesen sido azules mi asombro se habría notado ante los presentes.
Esa viejuca que tenía frente a mi se parecía sobremanera a mi abuelita paterna, a Josefa Caballero Hernández, “la abuela” del sector gastronómico en la Isla.
Pensarán que es una falta de respeto mía llamarla “viejuca”, y nada más lejos de ello.
Resulta que mi tío Emi llamaba a su mamita así, “viejuca”, de cariño, ese cariño inmenso, tierno y maternal que brindó no solo a sus hijos sino también a sus nietos.
Y la asocio también a la primera persona que me cargó al nacer, ya que “Toteya”, como la llamaba cuando apenas sabía hablar, regresaba a casa después de su agotadora jornada de trabajo, cargada de sobras de comida para alimentar a varios perritos que tenía en su patio en Sierra Caballos, el barrio donde vivió toda su vida.
Amor incondicional,  ese que se entrega a la Madre Mayor, a la abuela, esa personita que nos acurrucó cuando éramos unos culis cagaos.
Amor incondicional que mi abuelita brindaba a los fieles animalitos que la esperaban con alegría cada tarde moviendo la cola.
Sirva este sencillo artículo para sensibilizarnos con ese ser especial que son las abuelas, las viejucas de casa, y con los animales que nos rodean, como este bello perrito que la protagonista carga entre sus amorosos brazos.