martes, 2 de mayo de 2017

Carapachibey (Cuento)

En esta entrada del blog tengo el inmenso placer de publicar una colaboración de un excelente amigo de mi tierra.
El autor de esta bella leyenda es Pedro Celestino Fernández Arregui.
Es la primera ocasión desde su primer artículo el 3 de octubre de 2011 que este sitio publica un “cuento”, género muy gustado por el público lector.
Agradezco su valiosa entrega a los seguidores de Carapachibey.


Un potente ciclón había azotado durante dos días el asentamiento aborigen en la costa sur de Kamaraco. Sus endebles bohíos apenas resistieron el primer azote del fenómeno tropical. Sus habitantes, indefensos ante la inclemencia del tiempo y asustados por la ira de los Dioses, se habían refugiado en las tierras altas donde estaban los árboles gruesos y fuertes. Agazapados entre sus enormes raíces que sobresalían de la tierra, imploraron fervientemente a las deidades por su protección.
Volvió la calma y lentamente regresaron a sus asentamientos. No quedaba nada. El Jefe del núcleo reunió al grupo de indígenas que habían sobrevivido a la catástrofe.
—Debemos consultar al sumo sacerdote de Caonao para que nos oriente sobre el futuro.
—Es un camino escabroso y largo — dijo una mujer.
—Sí, es verdad, pero no importa lo difícil del camino, si al final llegamos a feliz término. Todos tenemos un camino a seguir pero no todos tenemos la fortaleza para emprenderlo y otros no pueden llegar al final. Por tal motivo creo debe ir Carapachibey. Es joven, fuerte e inteligente —afirmó el Jefe.
—Lo que digas, jefe. Para mí es una orden pero también un gran honor. La voluntad de servir al pueblo es más fuerte que los obstáculos existentes —dijo Carapachibey.
—Partirás al amanecer. ¿De acuerdo?
El sol apenas dejaba ver una claridad en el horizonte cuando Carapachibey partió del lugar, armado de una lanza y un arco con varias flechas. Tenía que ir bordeando la costa. Le gustaba contemplar las olas rompiendo en los arrecifes, allí donde los había, el ruido arrullador que producía y las espumas blancas que el aire se llevaba. Le cautivaban las playas de arenas finas cubiertas de conchas y el agua salada, templada y cristalina, que se postraba a sus pies y lo invitaba al chapuzón.
Sobre un tronco tumbado a escasos metros de las arenas se sentó a descansar. Cogió de su morral un tamal y le tiró un pedazo a una iguana que lo observaba debajo de una planta de hicacos.  Un trozo de carne de cobo macerada en agua salada y curtida por los rayos del sol, era su alimento preferido. Después bebió el agua necesaria de la calabaza que llevaba atada a la cintura con un bejuco. Se quedó un momento extasiado contemplando el mar, las gaviotas y aspirando el aroma salitroso impregnado en el aire. De pronto, su mirada quedó fija en una gran canoa que se desplazaba, paralela a la costa, muy lentamente. Se asustó y se escondió detrás de un uvero de playa. Aquella canoa podía haber sido enviada por los Dioses pero también podía ser de una tribu más fuerte y desarrollada que ellos. Desde su escondite siguió con la vista la embarcación que se dirigía al este, la misma dirección que llevaba él. Pensaba en su regreso y el momento cuando le contara a la gente de su tribu lo que había presenciado. Se quedarían con la boca abierta.
La noche lo sorprendió cerca del seboruco, como le decían al peñasco que desafiaba el embate de las olas y el furor de los huracanes. Podía dormir tranquilo porque sabía que no había animales peligrosos y el ungüento de plantas aromáticas que se había untado por todo el cuerpo impedía la picada de los grandes mosquitos y los diminutos jejenes.
Soñaba en todo el pánico que hubo en la aldea por el paso de la tormenta. Oía gritos y ruidos de truenos. Despertó sobresaltado y sudando. Los lamentos seguían llegando a sus oídos por lo que se incorporó y miró hacia el lugar de donde provenían. Se horrorizó al ver como un grupo de hombres de piel blanca, extrañamente vestidos, violaban a las mujeres de Caonao. Los hombres de la aldea se encontraban atados, unos con otros, incapaces de moverse. Carapachibey se fue acercando sigilosamente hasta situarse a una distancia donde sus flechas podían hacer un blanco perfecto. Comenzó a disparar las flechas, unas tras otras, con energía y precisión mientras veía a aquellos seres extraños caer uno tras otro. Quedaban tres pero sus flechas se habían agotado. Lo que les permitió tomar el bote y regresar a su carabela. Mientras tanto las mujeres habían desatado a sus hombres y corrieron para el bosque dónde se encontraron con Carpachibey.
-Tenemos que avisar a todos los pueblos del peligro que nos acecha. Nos dividiremos para poder alertar a todos, lo más pronto posible. Yo seguiré aquí observando sus movimientos- dijo el joven con decisión.
Después de que todos se hubieron marchado, volvió al Seboruco de dónde podía observar mejor a los intrusos.
Con preocupación vio cómo habían bajado de la Gran Canoa tres embarcaciones que se fueron llenando de hombres que iban descendiendo por cuerdas, portando extraños artefactos. Desembarcaron con aquellos palos en la mano que le parecían muy cortos para ser lanzas. También desembarcaron algo muy pesado y grande como un cerdo y unas bolas como las pelotas de resina endurecida que usaban en sus juegos.
Se paró en lo más alto del peñasco para que lo pudieran ver y les gritó:
¡Fuera de nuestras tierras! ¡Vuelvan a sus casas!
No había terminado cuando varios de aquellos hombres apuntaron sus armas hacia él y escuchó sonidos raros. De inmediato sintió como si lo hubieran picado cientos de abejas en el costado derecho del abdomen y cayó al suelo. Sintió ardor. Pasó su mano por el lugar y la retiró ensangrentada. Lo habían herido con aquella arma desconocida que lanzaba objetos a gran distancia. Se fue del lugar y recostándose a un árbol tomó de su morral varias hojas, las roció con orine y se lo ató a la herida con tiras finas de la corteza de un pequeño árbol. Después levantaba las manos al cielo dando gracias al Gran Dios por mantenerlo vivo. Todo el proceso de la curación lo sabía porque había visto como el behique curaba las heridas de sus coterráneos. Sintió el ruido de hombres rompiendo ramas. ¡Lo buscaban! Salió corriendo con dificultad hacia su lugar de origen. El dolor era intenso pero no podía detenerse. Tenía que llegar a su asentamiento para avisar a su pueblo y que pudieran lo protegerse de los hombres malos. Para suerte de él, su vida en los montes le había servido para vencer los obstáculos naturales con más facilidad que sus perseguidores y logró aumentar la distancia que los separaba. Aprovechó esa distancia, para coger algunas ramas de chorisias espinosas, las ató con bejucos a una rama de un árbol flexible y las preparó de forma tal que cuando tropezaran con los bejucos las ramas espinosas saldrían despedidas e impactarían contra los cuerpos de los intrusos.
Siguió su camino, pero los pasos se volvían lentos. Las fuerzas le flaqueaban y temía no poder llegar.
A sus oídos llegaron gritos de dolor. “La trampa ha funcionado”, pensó. Todo lo veía borroso y las piernas le pesaban mucho, como si la sangre que salía de las heridas y le corrían por las extremidades inferiores, fuera la culpable. Se desplomó lento como el último ciervo que hirió con una flecha. En medio del ruido de las olas le llegaban las voces de los perseguidores.
— ¡Allí está! Lo hemos cogido. —dijo uno de los hombres blancos.
Sentía la respiración de sus enemigos y las suelas de sus fuertes botas rozar con las piedras afiladas de la costa. Con sus ojos casi cerrados pudo observar al pequeño cangrejo que se desplazaba entre su rostro y la punta de una espada afincada en las piedras.
— Pongáis a este perro boca abajo y colocaréis cuerdas en piernas y brazos. Dos o tres sujetaréis fuerte las cuerdas. Y tú, Antonio, buscad una rama de aquellas. ¡Las que tengan más espinas! —dijo uno de aquellos hombres de forma autoritaria.
El siboney trató de impedir que lo ataran, pero le era imposible. Terminaron de sujetarlo en el mismo momento que llegaba el que había ido a buscar las ramas. El mismo hombre que había dado las órdenes anteriormente, volvió a ordenar que lo azotaran con aquellos gajos cubiertos de gruesas, fuertes y largas espinas.
No podía quejarse. Los Siboneyes eran pacíficos. Habían aprendido el arte de cazar pero no el de la guerra y por eso los Taínos, grandes guerreros, los desalojaron de casi toda Cuba, confinados en el extremo oeste y en la Isla Kamaraco. Habían aprendido a soportar dolores y contratiempos de toda índole. Cada golpe que recibía, apretaba los dientes, engullía el dolor, hacía explotar la ira del verdugo y sus colegas que se encontraban molestos porque sacaban sangre y tiras de piel, pero ningún quejido.
Voces conocidas llegaron a sus oídos. Su pueblo había venido para rogar a los hombres blancos que liberaran a Carapachibey pero estos, creyendo que iban a ser atacados, comenzaron a disparar contra los indefensos aborígenes. El joven pudo ver cómo masacraban a sus hermanos y fue entonces cuando destacados indígenas de América regresaron del pasado, presente y futuro y se apoderaron del cuerpo del valiente joven. Fue así como la descomunal fuerza del cacique venezolano Chacao y el caudillo mapuche Caupolican; la osadía de los guerreros Lautaro, Hatuey, Toro Sentado, Moctezuma y tantos otros que se enfrentaron a los colonizadores hicieron que el joven, arrastrando a sus captores se incorporara y derribara a todos los que se encontraba en su camino. Un testigo escribió: “El indio se iluminó como una antorcha y a pesar de los disparos, no caía. Tuvimos miedo. Pero, gracias a Dios, volvió a ser el indio moribundo y cayó al suelo”
Siglos después, los descendientes de aquellos hombres, construyeron un faro en ese lugar y, sin saberlo, estaban rindiendo homenaje al valeroso Siboney. Hoy el faro de Carapachibey, con su potente luz, protege y orienta a las modernas carabelas que navegan al sur de la Isla de la Juventud, Cuba.