domingo, 21 de abril de 2013

El regreso del nunca más

    La vida esconde momentos de felicidad o angustia, cómo, cuándo y dónde, solo Dios sabe, con su imprescindible destino, que le corresponderá a cada ser mortal que habita este planeta, el más perfecto del universo.

   Por los caminos tortuosos de la cotidianidad, buscar a alguien, no sería lógico o inteligente, esperar a encontrar es la ley, que nos regala lo verdaderamente natural, lo que nos dará la luz de lo divino, de la misericordia del creador, de cada detalle, desde que nacemos, y de lo que nos rodea, para la armonía con el medio ambiente.

   Encontrar un amigo, alguien que sea nuestro confesor, guía y consejero, que nos muestre un alma desinteresada, comprensible, sensible, humana, es obra de la historia individual, y la amistad verdadera,  es una bendición que pocos reciben, y muchos terminan desilusionados o decepcionados.

   Como dice la Biblia, hay para todo en la vida, un momento para nacer, uno para morir, uno para…, en fin, el viaje a las raíces de mi familia en el campo, ha sido para mí, tal vés, como dijera Eve, una de las más inteligentes y mejores decisiones de mi vida, y sin dudas fueron los mejores días de mi existencia, fue un regalo que quise darme, después de casi nueve años sin visitarla, y él me apoyó y guardó el secreto, para darle la sorpresa a todos, incluyendo a mi hermano y a mi madrecita, que cada fin de año va  a ver a los suyos, y hasta colaboró con algo muy importante, el dejar constancia gráfica del momento.

   Con su cámara, pude captar tres mil quinientas cuatro fotos, de mi familia toda. El sábado 26 de diciembre pasado, estuve en su casa, hasta cerca de la una y media de la madrugada, y al día siguiente, que partiría para mi destino de vacaciones, volví en la mañana. Allí conversamos muchísimo, él me dio tantos consejos, cual padre, que lo vi como una despedida premeditada de su parte.

   Y este Dos mil diez es un recomienzo de mi vida, es un renacer, siento, por naturaleza, o por algo sobrenatural, un vacío en mi alma, que me dice, camina, ve, anda, aprende a gatear, a caminar, a correr, no tengas miedo, no tropezarás, no caerás, y encontrarás tu propio camino, tus nuevos amigos, sin maldades, sin intereses, sin miedos a volver a fracasar, porque el cuidado de ser selectivo, mucho más que antes, permitirá la diferencia.

   Quizás a pesar de mi nobleza y sentimientos, parte de mi alma escondía un demonio, que impedía la plena realización en las amistades y las relaciones, y ese demonio fue expulsado de mi ser, para retomar la inocencia que en ocasiones debe de acompañarnos.

   Su última imagen fue en la sala de su casa, la despedida con un beso y un abrazo, y su petición de que le tirara fotos a toda mi familia para conocerla, como cumplí, y sus últimas palabras fueron a través del teléfono desde la Terminal marítima, poco antes de montar el Catamarán.

   Hubo un intento de comunicación el 31 de diciembre, pero él estaba para la casa de su hermana, y aunque regresó temprano, yo no volvía a llamar. Es increíble que Dios me haya regalado ese viaje, y digo increíble, ya que hoy veo clara su intención en él, y hay detalles que se hace necesario decir, para comprobar las “casualidades” de la vida.

   En mi estancia allá, pude haber estado con alguien, y no fue así, y de haber sido lo contrario, parte de mi conciencia no me iba a permitir estar en paz, porque en lo que yo estaría “disfrutando”, él estaría aquí en terapia, sufriendo, y expirando sus últimos días. No sucedió, y doy gracias a Dios por ello.

   A mi regreso, de paso por la ciudad de Camaguey, decido, desde una de sus calles, entrar a un tele punto, y recargar mi tarjeta, y llamo al hospital, pude haberlo hecho desde el pueblo de mi familia, no lo hice, y allí, me enteré de que ya mi AMIGO no estaría más entre nosotros, que había partido ese mismo día 8, precisamente a la hora en que me levanté para mi regreso, y su cuerpo estaba en la capilla, hasta las 4, hora del sepelio.

   Sentí la impotencia más grande de mi vida, nunca antes había sentido esa sensación, de no poder hacer algo por mis deseos, quería estar allí, verlo, acompañarlo en sus últimos momentos sobre la tierra, y llamé una y otra vez, pedí, supliqué, imploré, pero para mi en ese momento Dios me estaba castigando, era injusto conmigo, yo no merecía estar lejos de mi fiel AMIGO, de alguien que desde mis 19 años me dio un AMOR y CARIÑO como nadie más lo ha dado, sin nada a cambio.

   Al llegar y conocer los detalles, supe entonces de la misericordia de Dios, no solo conmigo, sino con él, y es que su gravedad, una Meningo bacteriana impedía que nadie pudiera entrar a verlo, tocarlo, abrazarlo, besarlo, estar con él a su lado, inclusive, en las ocasiones que estuvo consciente, él se veía amarrado a la cama, ya que el dolor de cabeza le hacía arrancarse los sueros y otros aditamentos médicos.

   Recordaba un suceso años atrás, cuando estuve a su lado en los infartos que pudo haberlo matado, de no haber estado a su lado e ir en contra de la decisión del médico, que me pedía dejarlo en su cama, que era un simple dolor muscular. Estuve siete noches en su cabecera,  allí en terapia intensiva, donde no dejan estar acompañantes, y luego lo llevé a la capital para operarlo.

   En esta ocasión la historia ya no sería la misma, fueron, casualmente, siete noches también, pero de haber estado aquí, él y yo habríamos sufrido mucho, porque, ¿habría yo soportado el dolor de no poder entrar a hablar con él, a tocarlo, besarlo y abrazarlo?, ¿habría aguantado el intenso dolor de verlo en un ataúd?, ¿mis fuerzas habrían aguantado el sepelio?, creo que no, y Dios quiso que fuese así, hoy paso por el cementerio y ni siquiera asocio el lugar con él, no viví la tortura del velorio en la funeraria, ni el entierro en ese lugar.

   Lo recuerdo en la despedida, en la puerta de su casa, acompañándome con su mirada, mientras bajaba las escaleras, como acostumbraba a hacer conmigo.

   Y sí, doy gracias a Dios por su justa decisión, yo no debía ni podía estar en esta ocasión aquí, él moría en soledad, solo, allí, entre cristales, en la fría sala, en una intensa noche de invierno, de un invierno que nunca prefirió, porque era amante del calor, en el amanecer del viernes 8 de enero de Dos Mil Diez, y para más espera o desespero, al llegar a la capital, tres días con las embarcaciones suspendidas por mal tiempo, y el regreso llegó, como tenía que suceder.

   Al tocar puerto pinero, muchas personas se agrupaban, como de costumbre, en la cerca perimetral del muelle, y al mirar, allí, entre los que esperaban, él, su imagen, con sus espejuelos, y recostado a la misma, como cansado, agotado, esperándome, sí, pero no era real, viré la cabeza y no miré más.

   Supe después, que la camisa que tenía puesta en esa imagen, era precisamente con la que lo enterraron, una camisa, para orgullo mío, no de sus ropas nuevas, sino una de las que le regalé hace más de cinco años atrás.

   Salí a pié, no quise coger ningún tipo de transporte, quería caminar, no vi a nadie conocido, pasé por un kiosco de prensa, y allí estaban algunos ejemplares del periódico Victoria, de la edición del sábado 9, un día después de su deceso, donde aparecía un artículo a página completa, muy bello, dedicado a su persona, y no lo compré en ese momento, ya mi padre me había comprado veinte de ellos, y no estaba preparado psicológicamente para enfrentarme a ese artículo.

   Caminé rumbo al cementerio, y allí aún estaban, ya marchitas, las coronas de la gente que lo quisieron, y tal ves hasta de algunos que no fueran sus amigos.

   No podía creer que me faltara la persona que dedicó parte de su vida a cuidar de la mía, estaba allí y quería llorar, pero era una sensación extraña, para mí él no estaba allí, él estaba esperándome en su casa o en el muelle, y sí, lloré, pero sin creer en su ausencia, en su definitiva partida, en su viaje sin regreso, en que me dejara sin un adiós, y aunque tuve su abrazo y su beso, yo nunca imaginé fuera el último, y estoy convencido que él sí sabía que era su despedida, ya imaginaba su definitivo adiós, hay detalles en las conversaciones, con familia, con compañeros de trabajo, con amistades, y hasta conmigo, que dicen de su partida.

   Allí, en el campo santo, las coronas marchitas, con los girasoles, que sobresalían con su forma característica, cual sol que irradia el camino en vida, y en el momento de su partida. Salí de allí, y al frente del sagrado lugar, acudí a un kiosco, y compré un ejemplar de su periódico, caminé, rumbo a mi casa, y miré el trabajo dedicado a mi AMIGO, tuve que sentarme en la acera, llorar, con gran dolor en mi alma, todavía era imposible para mi su adiós, y las lágrimas impedían leer con claridad aquellas palabras de su compañero Pedro Blanco, el jefe de información, donde, entre otras, decía:


   “Nadie como tú supo captar el latir de la ciudad de Nueva Gerona…, tu imagen sencilla y humilde rebasó el entorno de un colectivo que no te olvidará nunca, para abarcar toda la sociedad que te quiso como a un hijo, gracias a tu profesionalidad y entrega, en el quehacer cotidiano, bajo la lluvia o el sol ardiente, en la noche y en la madrugada. Una vida de fotógrafo insigne es un gran palmarés, máxime cuando varias generaciones bebieron de tus conocimientos y tus sabios consejos, de alguien que tenía como única razón de vivir, su profesión. Arriesgaste la vida en incontables ocasiones para lograr la imagen perfecta como genuino fotorreportero de prensa. Evelio Medina Rodríguez, la fría madrugada de este ocho de enero te llevó físicamente, sin saber que el corazón ardiente de tus seres queridos y todos tus amigos te arroparían en el largo viaje. Te fuiste, compañero de siempre…, y brillarás cada mañana cuando el sol ilumine los campos y Gerona, tu ciudad querida, salga de las brumas del rocío, y en cada esquina te espere junto a su pueblo, segura de que la mostrarás inmensa.”

   El artículo en cuestión tiene por título: Adiós, compañero de siempre, y da comienzo con esta frase:

   No vamos a sufrir porque lo perdimos, sino a pensar en la felicidad por el tiempo que lo tuvimos.

   Fue la persona que me despidió en mi viaje, la última que vi, y en mi regreso, la primera que vi y fui a visitar. Siempre fue así, porque aunque hace casi cinco años me fui de su casa, nunca salí de su vida, nada ni nadie impidió mi vínculo con quien, momentos antes de su muerte, comentara a algunos, que en mi tenía al hijo que nunca tuvo, y me amó como nadie lo hizo.

   Y sé que fue así, él fue mi segundo padre, mi fiel AMIGO, mi guía y consejero, en él tuve el AMOR que muchos quisieran tener en su vida.

   Doy gracias a DIOS por haberme regalado su existencia. Tuve el privilegio y el orgullo de tenerlo a mi lado. Cumpliré sus sabios consejos, los cuales nunca me impuso, solo intentaba guiarme, con cariño e infinito amor, con una bondad y entrega sin límites, con palabras de paciencia e intentando que yo entendiera su mensaje.

   Hoy tengo gran paz espiritual en mi alma, creo haber cumplido con mi deber para con él en los últimos tiempos de su vida, los detalles eran recíprocos, era una empatía como pocas, y tengo mi conciencia tranquila, siento paz con Dios, con él, y conmigo mismo, estoy viviendo momentos de meditación, de análisis, de catarsis, y sé que su espíritu bueno será mi ángel guardián, mi protector, mi guía, como lo fue en vida.

   A su memoria dedicaré parte de mi trabajo, a él dignificaré con algo que sirva para resaltar su nombre, su entrega y profesionalidad.

   Hoy pido PERDÓN  a todos aquellos que herí, a los que ofendí, a los que simplemente no entendí o comprendí. El pasado año perdí a la persona, que como pareja, más amé, y quien me dio la prueba de amor que nadie imagina y que nadie da, y en el comienzo de este año, lo perdí a él, a mi Evelio, en mi regreso del nunca más, pero la vida continúa, él me dará fuerzas para intentarlo, para buscar y encontrar el camino más limpio, que aunque tenga obstáculos, sabré vencer, porque nada es imposible, solo la muerte nos quita los sueños y proyectos, como los tuvo él hasta última hora, bien los conocía yo, aún vivía, disfrutaba su trabajo, la sexualidad, y si la muerte se los arrebató. Intentaré hacer algo a su memoria, DIOS mediante.

   Descanse en paz AMIGO eterno.

Nunca quiso flores después de su partida, nada de dedicatorias materiales, y de mi ni siquiera la corona, que quise dedicarle posterior a su deceso, pero no, cumpliré su voluntad, sus deseos, de mi tendrá el respeto a su memoria, mis mejores recuerdos.

   Tuve el privilegio de tener su PERDÓN,  a pesar de mis hirientes hechos en tiempos de convivencia junto a él, porque ambos nos valorábamos.

   Cumplió con  verdadero AMOR, y yo, como AMIGO, me mostré como su hijo, como la persona que será, quien le rinda tributo póstumo. Mi AMOR ayer, hoy y por siempre.

   Lo material es vanidad, el ser humano, es único, irrepetible, insustituible, y hasta imprescindible para muchos, y eso es realmente lo que todos debemos valorar, a las personas, no a su condición social u otra diferencia. Lo material queda, lo espiritual es eterno, y su AMOR trascenderá la vida, para acompañarme hasta mi último suspiro, como él también lo hizo para mí.

   Fue mi regreso del nunca más.