jueves, 13 de febrero de 2014

Tu reflejo de amor en mi memoria

   La noche fue testigo de un encuentro que marcó mi vida. Eran las nueve de un domingo más, pero para mí fue y es el domingo. Allá en la entrañable islita del Caribe, la Isla de la Juventud, amé con la intensidad que solo es capaz de hacerlo quien cree en el único y verdadero amor.
   Nunca más he sentido en mi vida ese temblor que provoca tener a nuestro lado a un ser que nos regala los días y las noches con el placer del sexo y la compañía.
   Lo pedí y así sucedió, no por simple casualidad, ya estaba destinada esa persona en mi camino, y en plena calle 39 apareció, en la noche del diecisiete de abril de dos mil cinco.
   La calle 39 va desapareciendo, convirtiéndose en un bello Paseo o Bulevar, y el poste de madera con el alumbrado público debajo del cual nos miramos fijamente por vez primera, cara a cara, ya no existe y está solo en los recuerdos.
    Fue frente a la Iglesia católica de Gerona, mi ciudad natal, y de ahí nos sentamos a conversar en uno de los bancos frente a la escuela primaria Enrique José Varona, en el parque Guerrillero Heroico, el de la recuperada glorieta citadina.
   Necesitábamos mayor privacidad, el cuerpo lo pedía a gritos, y decidimos irnos del lugar. Recuerdo que necesitó orinar y lo hizo en las ruinas de calle 37, frente a la sede de la UJC municipal. Andaba en bicicleta, una bella bici de color azul, de las llamadas montañesas. Mientras lo hacía, cuidaba su ciclo y le dije: Oye, me voy a robar tu bicicleta. Y su contesta fue: Si lo haces, bien robada está.
    Nunca antes había ido a orillas del río Las Casas en la noche. Nos fuimos para el muro del malecón pinero, y ahí desahogamos todos los deseos que teníamos acumulados desde el primer instante de nuestro mágico encuentro.
   Su olor, su sabor, su piel, sus caricias y desenfrenos marcaron la noche y se eternizó la historia de dos seres que se amaron por encima de todo y de todos, de las diferencias de color, de la envidia de muchos, del rechazo de su familia.
    La relación tenía la química necesaria para nunca desfallecer ante los placeres de la cama, esa empatía que en la pareja nos hace felices a toda hora.
    Casi cinco años de convivencia bajo el mismo techo, compartiendo el baño, la mesa a la hora de comer, y hasta en el mismo centro de labor. Gustaba de la cocina y se esmeraba en brindarme los deleites de los sabores de su arte culinario, ese que nació con su persona.
   Cada detalle era alimento para seguir adelante, querer, amar, y nunca parar. Con gran habilidad limpiaba la casa, lavaba la ropa, no dependía de nadie para sobrevivir a las necesidades cotidianas.
    No todo fue felicidad, como en toda relación, hubo momentos convulsos, celos, desconfianzas. Pero nunca faltó el amor, ese que se ha mantenido oculto al mundo y vivo en nuestros corazones.
   La historia nuestra no comenzó esa noche, no, hay coincidencias en nuestras vidas, y hasta la bicicleta azul forma parte de ellas.
    Meses antes de conocernos, estábamos en el aeropuerto pinero y por casualidad me paro al lado del ciclo. Su mirada, desde cierta distancia, me fulminó, y me dije: ¡Qué se piensa, que le voy a robar la bicicleta!
   Esa fue la primera vez en sentir su penetrante mirada, sin imaginar siquiera que estaría disfrutando sus ojos cada día y cada noche durante tanto tiempo.
    En la bicicleta salíamos en las noches y madrugadas a tener el sexo más loco y desenfrenado en ese bendito muro a orillas del río, o nos íbamos a la playa, a orillas del mar y allí también nos comíamos a besos, a abrazos, a los placeres del cuerpo.
    A mi mente viene ahora la tarde que regresábamos de Playa Punta de Piedra y me quedé en trusa, sin camisa y sin chancletas, lleno de arena, y así, sobre la bicicleta, llegamos al parque de Los Hexágonos donde se ponía música y acudían miles de jóvenes a esa discoteca al aire libre y que tan popular fue en aquellos años.
   Entre risas y asombro nos recibieron sus amistades, sí, las suyas, porque era una persona muy alegre, familiar, comunicativa, amigable, y donde la sonrisa contagiosa nunca faltó ni en los peores momentos.
   Hubo una segunda ocasión antes de nuestro definitivo encuentro, y fue también por calle 39. Recuerdo que íbamos por sus portales, cada uno en aceras diferentes, y nos miramos a la distancia, pero fue una mirada que presagiaba el futuro nuestro, fue algo místico, y así sucedió. Aquel día solo fue una mirada fugaz, ni siquiera miré para atrás, y confieso que no pasó por mi mente que fuéramos a formar una pareja. La pareja, sí, la pareja, porque muchos todavía se acercan a mí y me dicen que en Gerona no ha vuelto a haber una pareja así, tan unida, tan polémica, tan comentada, donde la seriedad nos caracterizó.
   Me decía en una ocasión que nosotros fuimos los culpables de haber permitido la separación, que la separación entre nosotros nunca tenía que haber sucedido.
   Dios sabe por qué cada cual tomó caminos diferentes, tal vez de estar juntos yo no estaría aquí, en La Habana, conversando con miles de oyentes fuera y dentro de Cuba, o no estaría frente a esta computadora escribiendo para este blog. O quizás su persona no estaría lejos, muy lejos, en un frío país, a millones de kilómetros de su tierra.
   La distancia y el tiempo se apodera de nosotros, ya no hay rose, no hay caricias ni besos, no hay sexo loco como antes, no tengo su calor, su olor, su compañía, no tengo su sonrisa ni sus celos.
   Quedan en la mente los buenos momentos vividos y ahí está el imponente muro a orillas del río, a donde acudo siempre que voy a mi islita y la foto que acompaña a esta crónica fue tomada en agosto del pasado año, en el sitio exacto del primer beso, de la primera caricia, donde los reflejos quedarán eternamente en mi memoria.        
 Ramón Leyva Morales